Je m'appelle

Keep Calm and déjame morderte el labio.

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A lo mejor perdí el protagonismo.

Y a lo mejor, nunca lo sabré. Simplemente trato de enfatizar esa noción de penumbra e incertidumbre provocada por ella. Ella y sólo ella, una más para el mundo pero única para mi. Sí, es así, empiezo esta reflexión con la certeza de que hay amores que se vuelven inmortales, y otros como el nuestro que terminan en simple recuerdos. Y son esos detalles tan simples que nos alegran la vida como el pasto que crece casi sin cuidados, el rayo de sol que nos toca aunque no queramos, la lluvia que cae y se evapora, y tu llegado sin aviso cuando menos lo esperaba. ¿Por qué ella? ¿Es acaso ese sentimiento a flor de piel que te llena lentamente de pies a cabeza, o simplemente una obsesión controlada, hasta cierto punto, por tu conciencia? Yo, no sé, pero prefiero pensar y más que nada creer en un peculiar lazo entre dos seres, sobretodo entre dos ideologías.

Día tras día te pienso, como un economista en la especulación del mañana, como un papá en el porvenir de sus hijos o inclusive como un amante piensa en su amor, platónico como él mismo, pero aún así… Su amor. Me gusta imaginar que algún día seremos, más que el mundo, más que la marea en otoño, más que la primavera en el paraíso. Lo que queramos lo haremos, no importa el lugar y el por qué, tus gustos de alguna forma son los míos, una perfecta coexistencia… Sólo tú y yo. Me cuesta en el alma silenciar a mi orgullo y aceptar este sentimiento, esta sensación que sólo tú provocas, que a la vez, volteo para atrás y me parece desconocida, una niebla en mi experiencia, un silencio turbio en mi pasado. Siento, desde adentro, esa necesidad por una odisea, una odisea para ti. Si en algo puedes estar segura es que una bella sonrisa y un carisma único no es todo lo que tengo que ofrecer, me gustaría encontrar el lugar y momento ideal para enamorarte, como sé hacerlo, pero eres diferente, eres mi única musa.


 Hace unos cuantos días me parecía idóneo creer que el amor y el hombre siempre se relacionan, en la mañana, por la tarde, a la hora del té e incluso en un “buenas noches”… Ahora, ya no sé. Considero ciertamente un enigma encontrar el ángulo adecuado para llamar tu atención, pero al mismo tiempo, siento que ese ángulo da vueltas, una y otra vez, alrededor de mi cabeza sin conectarse con mi cuerpo.  

Es raro el día que mi intelecto no abstraiga cierta imagen tuya, cierta quietud que recuerda esas largas noches de pláticas, de tus corazonadas y de tu trivialidad. ¿Qué pensarían los grandes románticos al verme? Tanto Goethe, Becquer, Manuel Acuña, Lord Byron o incluso Víctor Hugo seguramente remarcarían su filosofía del sentimiento por encima de la razón, ese pequeño desliz natural del ser humano, innato como la vida misma. 

  Aquí es cuando ya no confío, creo perder el control de mi razón y a la vez de mi protagonismo. Cierro los ojos y quiero asegurarme que sigo, que vivo. ¿Tendré el control? ¿Estará en mis manos? ¿O acaso caigo en el vicio del hombre, de tu sonrisa, de tu mirada penetrante, de tus ojos sabor miel, del ruido de tus labios, del color de tu temperamento, del cosquilleo interno, del no sentir el tiempo… Del creerse enamorado? Pasan las horas como si mi ventana esperara al sol para salir a pasear, pero aún así sigo tecleando, tecleo porque quiero, tecleo porque me encuentro contigo, tecleo porque tú me lo pides. La noche y yo compaginamos, nos entendemos a nuestra manera y es ahí cuando ella misma me lo incita, me pide a gritos que piense en ti. 


Y por si mañana me encuentras, quiero que sepas que te quiero.